EL VIAJE
Santa Cruz no es ciudad para ayoreos
Alejandra Gayol
Áticos, luces, descapotables. Orgullo de ser descendiente de los colonizadores, ser los bolivianos no indígenas. Palmeras, pantallas publicitarias, Starbucks. En el pecho, ser lo más parecido a una ciudad vacacional de Estados Unidos. Pubs, restaurantes, centros comerciales. La satisfacción de ser el epicentro comercial y financiero del país, sede de las empresas internacionales. Enfermedades, prostitución y desigualdad. La cara de la ciudad que los santacruceños no quieren reconocer. De la invisibilidad, la marginación de la comunidad indígena ayorea, un pueblo guerrero arrebatado de su entorno para ser víctima en el destierro.
“Son la lacra de la sociedad, porque no saben hacer ningún trabajo”, así señaló su simpatía hacia el colectivo ayoreo German Busch, quien en 2011 fue subgobernador de la provincia del Departamento de Santa Cruz. No todos los santacruceños piensan de igual manera  —podemos suponer—, pero en esta ciudad del oriente boliviano, los comentarios vejatorios hacia los indígenas son demasiado habituales. “Santa Cruz es la ciudad más desarrollada del país por una razón fundamental, nosotros descendemos de los españoles”, expresa libremente un hombre de bigote fino que parece sacado de una fotografía del bando sublevado de la guerra civil española y que se sienta a la sombra de una palmera en la plaza principal. A su lado, en la ciudad del “desarrollo”, una gran caseta de color rosa anuncia la feria de la mujer, donde los electrodomésticos y los utensilios de cocina están a mitad de precio. El sueño de cualquier moza.
Bolivia, Santa Cruz, de Basílica Menor de San Lorenzo. Plaza 24 de septiembre.
Fotografía de Martha de Jong-Lantink splash
Sus tierras han sido escenario de violentos conflictos desde la llegada de los colonizadores. Luchas por la defensa de la tierra y por la negativa de abandonar sus creencias y resignarse al evangelismo que se les imponía. Hoy, su territorio ha sido adquirido por especuladores y terratenientes, y las taladoras exterminan la cultura con la misma rapidez que cortan los troncos de los árboles. Se ven obligados a trasladarse a la ciudad como la única vía posible de supervivencia, donde el desarrollo salvaje e inadaptado de la visión occidental choca drásticamente con su cultura.
Sentada en el suelo en una esquina donde brillan zapatos de altas firmas, con la mano extendida, una mujer ayorea mira con cara de auxilio a los viandantes. La cara visible del pueblo ayoreo, la mendicidad, aquello en lo que se escudan los ciudadanos que escogen no hundir en la raíz de los problemas para desacreditar a los indígenas. “Siguen utilizando esas lenguas ‘de segunda’ con sus hijos, ¡qué pretenden! Yo he obligado a mis hijos a aprender inglés y los he enviado a estudiar a los Estados Unidos”, nos explica un transeúnte que reconoce que la existencia de diferentes lenguas dificulta el control del pueblo por parte de las autoridades. Y es que los ayoreos, aún en la ciudad, mantiene su idioma originario como principal medio de comunicación en todos los ámbitos de su vida, una cuerda que, de alguna manera, aún los ata a la vida que les han arrebatado. Un símbolo de identidad que les sirve de estrategia de relación y reagrupación social.
Niño ayoreo sosteniendo una bandera de Bolivia
Fotografía de Alejandra Gayol
Degüi y Garay son dos barrios localizados a las afueras de la ciudad. Donde ya no se escucha el tráfico, donde no llega la música insaciable de los bares de moda. La precariedad abunda. “Sus viviendas no son habitables, no reúnen condiciones. Son viviendas pequeñas con un solo espacio donde hacen todo. Cuando llueve les entra el agua y lo poco que tienen se moja, no tienen servicios como energía o agua potable. Todo es consecuencia de que no tienen título de propiedad. Sus casas no pueden llamarse viviendas dignas”. Explica Rosana Melgara, asesora de la central ayorea nativa del oriente boliviano. Y es que ambos asentamientos, tanto Degüi como Garay, son ilegales. La comunidad ayorea lleva 50 años viviendo allí, pero las instituciones no les permiten obtener los títulos de propiedad porque alegan que estas son áreas destinadas a equipamiento. “Todo lo que han conseguido es un pacto con el gobierno municipal donde les ceden este espacio para vivir por 30 años. Hay muchos proyectos que se podrían hacer para que estas personas vivieran mejor en los asentamientos como el de Garay, pero declaran que estas tierras son de propiedad privada y esto quiere decir que los ayoreos no tienen derechos reales sobre el terreno. Estos asentamientos son posibles gracias a las ONG internacionales”, añade la socióloga.
Asentamiento mayoreo de Degüi a las afueras de Santa Cruz de la Sierra
Fotografía de Joseba Urrutikoetxea
Ser ayoreo en la ciudad es tarea difícil. Su cosmovisión se enfrenta a un estilo de vida con importantes diferencias. En varias ocasiones, las autoridades han hablado de ayudar a la población ayorea facilitándoles el emprendimiento de empresas con el propósito de integrarles —o imponerles— el estilo económico y social de la ciudad. “Estas son ideas totalmente erradas, porque ellos viven en una sociedad igualitaria y cualquier excedente es un estorbo y un motivo de discordia. El dirigente, las autoridades, todos viven iguales, con las condiciones mínimas. Son sociedades también extremadamente solidarias. Entonces, lo que hay que hacer, no es cambiar esto por otro modelo, hay que apoyarles permitiéndoles conservar su cosmovisión”, expone Rosana sentada en una silla de plástico en el patio de la CANOB, la central ayorea del oriente boliviano. Un pueblo incomprendido que vive oculto y marginado, aunque en algunas ocasiones, la comunidad se cuela en las noticias del día. Un protagonismo que solo sirve para arrojar sombra. “Somos invisibles, pero muy visibles para mostrar la cara que nos les gusta, la cara de la violencia, de la pobreza, de la mendicidad. El pueblo ayoreo es un pueblo permanentemente estigmatizado. Las notas informativas de los medios son todas negativas, somos sujeto de información solo cuando la noticia es mala. No dan espacio para decir los trabajos que también desempeña el pueblo ayoreo. Ellos sustentan su vida haciendo bien su actividad, como la artesanía o las labores de jardinería. Solo la clefa o el trabajo sexual son noticia, todo lo negativo. Esto les afecta muchísimo. Hay una deuda enorme del estado boliviano con los ayoreos”, añade.
«Hay una deuda enorme del Estado boliviano con los ayoreo»
La lengua es un escudo para el pueblo ayoreo, una capa que protege sus raíces. El único resquicio de su cultura sobre el que aún pueden ejercer el control. La historia ha intentado eliminarlo, pero el pueblo se ha negado. Cuando te lo han robado todo, cuando eres invisible ante la justicia, cuando tu vida se desenvuelve en un entorno que no te pertenece, cuando te imponen una nueva cultura, un nuevo estilo de vida que no solo no entiendes, sino que se va de tus principios, de tu manera natural de entender la armonía y el “buen vivir”, la lengua se queda para identificarte, te ayuda a no olvidar la lucha, a no sucumbir a la resignación. “La cultura ayorea tiene que ser conocida en el departamento, en las universidades, en la unidad educativa. Tendría que haber apertura para que se integre, pero hay que facilitar y apoyar alternativas e iniciativas suyas, relacionadas con su cosmovisión. El pasto, los árboles, son diestros en esto. Las mujeres en la artesanía, por ejemplo, a través del fomento de toda la cadena productiva de sus artes. El pueblo ayoreo tiene características particulares, únicas. Su propia ideología. Es una cultura rica y extraordinaria que la mayoría de la gente no conoce. Apoyarles empieza por apoyar su cultura”, descansa Rosana en sus palabras, convencida de no dejarles nunca.
Rosana Melgara. Sociologa y asesora de la central ayorea nativa del oriente boliviano
Fotografía de Joseba Urrutikoetxea

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