EL VIAJE
“Ruk’u’x keem”: el corazón del tejido

Alejandra Gayol

 

 

Un esqueleto de algodón cubre la desnudez de la mujer tz’utujil. La tierra en cada hilo, la vegetación en cada gota de color, y la intensidad de la luna en cada tonalidad. La sabiduría ancestral materializada en un traje. Formas que representan la cosmovisión de un pueblo. Colores que identifican tu origen. El vientre de una cultura tejido entre las manos de la mujer maya.
Hay palabras que carecen de significado. Las traducciones literales permiten hacerse una idea superficial de lo que quieren decir, pero nunca podrán explicar lo que significa para aquellos que las emplean. Ruk’u’x keem no es el corazón del tejido, es el motor que mantiene viva una historia de respeto, tradición y lucha.
A las orillas del Lago Atitlán, la expresión artística es cotidiana. Esta maravilla natural no solo ofrece una imponente belleza gracias a sus atardeceres rojos entre volcanes, sino que además, su agua descansa en los embarcaderos de pequeños pueblos repletos de artistas. Pintores, escultores y tejedoras de las comunidades mayas kaqchiquel y tz’utujil convierten las calles en galerías de arte.
Atardecer en el lago Atitlán desde Panajachel
Fotografía de Alejandro González Amador

Los pueblos que rodean el lago son doce, entre ellos, destacan por su artesanía Santiago de Atitlán y San Juan de la Laguna. Orgullosos de su cultura, sus habitantes usan sus dones plásticos para representar su cosmovisión. Uno de los indicadores que mejor refleja la vitalidad cultural de estos pueblos es el uso de su lengua, tanto el tz’utujil como el kaqchiquel son utilizados por un 99% de la población. Todo un éxito para la crisis que viven las lenguas no oficiales.

En el pueblo de San Juan de la Laguna, la costura aún es arte. Hace 25 años, un grupo de mujeres despertaron con la necesidad de generar ingresos. Ellas tejían en sus casas, golpeaban con maestría el maíz para hacer tortillas y cuidaban del hogar, al mismo tiempo que se preocupaban por la educación de sus hijos. Los hombres trabajaban en la pesca, retando al Xocomil, el viento que azota el lago, que en lengua kaqchiquel quiere decir “viento que recoge los pescados” de jocom (recoger) e il (pescado). En 1992, en el contexto de una guerra civil, este grupo de mujeres retó a una sociedad que planteaba el papel del hombre como el encargado de llevar el dinero a casa, y el de la mujer como la responsable de las tareas del hogar. Así surgió la organización Ixoq Ajkem que en lengua maya tz’utujil quiere decir “mujer tejedora”.

“El 85% de cada venta va directamente para la mujer que lo ha hecho, y el otro 15% restante para las necesidades de la asociación. Así que cada vez que una persona viene y compra ayuda directamente a la economía familiar de la tejedora”

Para sus primeros pasos contaron con el apoyo de una empresa ajena. Cada mujer recibió mil quetzales —unos 115 euros—  para poder comprar todo lo necesario y así elaborar los tejidos. Tiempo después empezaron a entender que los intermediarios hacían que su comercio no fuese justo, que su trabajo valía mucho más de lo que recibían. Se encontraron con la necesidad de invertir su propio capital, y así surgió la asociación como se conoce hoy en día. “Fue un proceso lento y duro, pero se logró poco a poco”, explica Martina, fundadora de la asociación. Empezaron siendo 15 valientes mujeres, hoy cuentan con 20.
Pero el trabajo de las tejedoras mayas dista mucho de cualquier otro mercado textil. Aquí, cada tejido tiene un significado especial, un trabajo dedicado y un material de calidad impecable. Una labor completamente sostenible, donde los derechos laborales de cada trabajadora son fundamentales. “El 85% de cada venta va directamente para la mujer que lo ha hecho, y el otro 15% restante para las necesidades de la asociación. Así que cada vez que una persona viene y compra ayuda directamente a la economía familiar de la tejedora”, añade Martina.
Fátima, miembro de la organización, tejiendo con el telar de cintura
Fotografía de Alejandro González Amador

El material y el proceso de elaboración es cien por cien ecológico.  Cada mujer tiene su parcela para producir algodón, de donde se extrae el hilo. Los niños y niñas ayudan a sus madres en la recolección de las semillas, momento que se convierte en un ejercicio de transmisión de la lengua y la cultura. El color que se le da al tejido se obtiene de las plantas, muchas de ellas crecen en los alrededores del lago. “Recolectamos hojas, semillas o troncos para teñir el hilo. Un ejemplo son las hojas de chilca para producir los tonos amarillos, o la flor de zacatinta para tonos azulados, pero en este caso también entra en juego la luna. Si recolectamos la flor en luna llena, obtendremos un color agrisado, en cambio, si recogemos la flor cuando no la hay, el color que sale es más bien azulado”, nos cuenta Fátima, miembro de la organización. Solo utilizan componentes extraídos directamente de la naturaleza, sin químicos dañinos, esto permite que las mujeres no tengan que usar ni guantes ni mascarillas a la hora de trabajar. El proceso está totalmente libre de riesgos. También los insectos ayudan a colorear las telas, como es el caso de la cochinilla del que se extrae el color rojo. Los nuevos colores surgen de las mezclas de estas plantas. Para evitar que los tejidos se destiñan con los lavados usan fijadores naturales como el agua de banano.

El método empleado para la elaboración de las prendas es el telar de cintura, una técnica ancestral que aún se mantiene como método principal en la actualidad. El paso previo al telar es el llamado ruk’u’x keem, el corazón del tejido, donde empieza todo. Con una urdidora y una devanadora se decide el largo del producto, su ancho y la mezcla de colores. Es la parte donde se gesta el producto, donde empieza la vida del tejido. También es la parte más creativa, donde se refleja la intención de la creadora. El embrión de la expresión artística.
Martina, una de la fundadores de Ixoq Akjeem, con el traje tradicional de San Juan de la Laguna
Fotografía de Alejandro González Amador
Los productos son variados. El catoon, que es la blusa de la vestimenta propia de la mujer tz’utujil, más conocido en México del sur y el resto de Centroamérica como huipil, es la prenda por excelencia. Sus adornos y colores representan la cosmovisión de cada pueblo. En el caso de San Juan de la laguna, su diseño sigue siendo el mismo que surgió con la fundación del pueblo, identificando a la mujer tz’utujil desde hace siglos. “Si se ve a una mujer en cualquier lugar con este traje significa que es originaria del municipio San Juan de la Laguna, no hay ningún otro municipio que porte el mismo diseño”, nos explica Fátima. En su catoon se pueden ver bordadas nueve cruces en representación de los nueve meses de gestación. Las rayas blancas que se aprecian en la manga son la pureza y esperanza del bebé, el azul se inspira en el cielo y en el color del agua del lago Atitlán. La franja verde simboliza las montañas y la naturaleza. A la altura del pecho se ve un conjunto de 24 cuadros, estos cuentan con doble significado. Por un lado, hay quien lo relaciona con el 24 de junio, fiesta patronal de San Juan de la Laguna. Por otro lado, está la interpretación maya, donde los cuadros representan a los 20 nahuales, símbolos que vinculan a las personas con las fuerzas y las energías del ecosistema según la cosmovisión ancestral, siendo los cuadros restantes las cuatro estaciones del calendario. El ujq q’aq, el corte que se asemeja a una falda, es de color negro por la madre tierra. Las franjas blancas que están bordadas encima relatan el camino de la mujer. El paas, la faja, refleja la seguridad de la mujer y sirve para la sujeción durante el embarazo. No hay detalle sin significado.
No obstante, las nuevas tendencias también se hacen espacio entre las mujeres tz’utujiles. La pasión por la costura y el diseño lleva a la innovación. En la actualidad ya se ven muchas chicas con adornos que no buscan un significado espiritual, sino la mera estética. Motivos como brillantes, volantes o nuevas formas en los bordados, se pueden aprecian en los trajes que portan las adolescentes. Ellas no quieren perder su tradición, pero tampoco quieren dejar pasar las nuevas ideas. Además de la juventud, la demanda turística ha creado una nueva oferta. Las prendas siguen teniendo el mismo proceso y calidad, pero cada vez se hacen más productos que se adaptan a otros estilos que vienen de diferentes lugares del mundo, como las mochilas o los batines con flecos. “Los antepasados usaban huipil blanco, y este no se metía dentro del corte. Conforme el tiempo y la moda, nosotras decidimos meterlo dentro y fuimos añadiendo aquellos colores que nos gustaban”, dice Martina.

Martina junto a su hija Ascelin que lleva un traje dónde se aprecian las nuevas tendencias

Fotografía de Alejandro González Amador
Asociaciones como Ixoq Ajkem son un pulmón en una sociedad de consumo que nos ha convertido en amantes efímeros de la moda textil, donde nos dejamos seducir por la cantidad de formas, colores, telas y marcas sin mirar la calidad o el trabajo que hay detrás de cada artículo. Compramos de forma insaciable, convirtiendo lo innecesario en imprescindible. El mundo de la moda cada vez pierde más sentido, nada es único, no hay dedicación, prima la cantidad a la calidad y, en muchas ocasiones, tras esta industria se esconde la explotación y la miseria que hace ricos a los miserables. Ixoq ajkem rompe los esquemas con solo un secreto, seguir el curso y la esencia propia de la cultura del tejido.
Gracias a la llegada de personas de diferentes partes del mundo que aprecian la artesanía, mujeres como Martina, Bonnie y Fátima pueden ayudar a su familia al mismo tiempo que crecen profesionalmente. En cierta manera, el turismo, cuando no es masivo y destruye, también contribuye a la preservación de ciertas costumbres, quizás dándoles una finalidad más comercial pero que no tiene, en algunos casos, porque ser menos auténtica. Mientras se mantengan tradiciones como tejer en familia y las tejedoras no tengan que abandonar su talento para huir a las ciudades en busca de otros oficios, la lengua también se mantendrá, ya que los espacios como los talleres donde se reúnen se vuelven pequeños momentos de transmisión de la cultura, donde la lengua tiene un papel fundamental. Solo hay que mantener la esperanza de que las madres y padres no olviden que su lengua es un tesoro de un valor incalculable y que, aunque otras lenguas como el español y el inglés sean necesarias para poder hablar con sus clientes, si se pierde el vehículo principal de transmisión de su cultura, se acabará por perder también la inspiración que da forma a sus tejidos, a sus cuadros o a sus esculturas. Pues no es casualidad que en aquellos pueblos que mayor número de hablantes tienen, mayor es su expresión artística tradicional. Martina reconoce la importancia de su lengua: “El inglés y el español son muy importantes para la asociación ya que son muchos los extranjeros que vienen a comprar a nuestra tienda, pero es más importante mantener nuestra lengua materna, el tz’utujil”.
Bonnie, Fátima y Martina en el taller
Fotografía de Alejandro González Amador

1 Comentario

  1. Damarys Sepulveda

    Qisiera saber como puedo adquirir uno de los tejidos. Es pero podeles visitar cuando la pandemia este bajo control.

    Responder

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