
Alejandra Gayol
Los pueblos que rodean el lago son doce, entre ellos, destacan por su artesanía Santiago de Atitlán y San Juan de la Laguna. Orgullosos de su cultura, sus habitantes usan sus dones plásticos para representar su cosmovisión. Uno de los indicadores que mejor refleja la vitalidad cultural de estos pueblos es el uso de su lengua, tanto el tz’utujil como el kaqchiquel son utilizados por un 99% de la población. Todo un éxito para la crisis que viven las lenguas no oficiales.
En el pueblo de San Juan de la Laguna, la costura aún es arte. Hace 25 años, un grupo de mujeres despertaron con la necesidad de generar ingresos. Ellas tejían en sus casas, golpeaban con maestría el maíz para hacer tortillas y cuidaban del hogar, al mismo tiempo que se preocupaban por la educación de sus hijos. Los hombres trabajaban en la pesca, retando al Xocomil, el viento que azota el lago, que en lengua kaqchiquel quiere decir “viento que recoge los pescados” de jocom (recoger) e il (pescado). En 1992, en el contexto de una guerra civil, este grupo de mujeres retó a una sociedad que planteaba el papel del hombre como el encargado de llevar el dinero a casa, y el de la mujer como la responsable de las tareas del hogar. Así surgió la organización Ixoq Ajkem que en lengua maya tz’utujil quiere decir “mujer tejedora”.
“El 85% de cada venta va directamente para la mujer que lo ha hecho, y el otro 15% restante para las necesidades de la asociación. Así que cada vez que una persona viene y compra ayuda directamente a la economía familiar de la tejedora”
El material y el proceso de elaboración es cien por cien ecológico. Cada mujer tiene su parcela para producir algodón, de donde se extrae el hilo. Los niños y niñas ayudan a sus madres en la recolección de las semillas, momento que se convierte en un ejercicio de transmisión de la lengua y la cultura. El color que se le da al tejido se obtiene de las plantas, muchas de ellas crecen en los alrededores del lago. “Recolectamos hojas, semillas o troncos para teñir el hilo. Un ejemplo son las hojas de chilca para producir los tonos amarillos, o la flor de zacatinta para tonos azulados, pero en este caso también entra en juego la luna. Si recolectamos la flor en luna llena, obtendremos un color agrisado, en cambio, si recogemos la flor cuando no la hay, el color que sale es más bien azulado”, nos cuenta Fátima, miembro de la organización. Solo utilizan componentes extraídos directamente de la naturaleza, sin químicos dañinos, esto permite que las mujeres no tengan que usar ni guantes ni mascarillas a la hora de trabajar. El proceso está totalmente libre de riesgos. También los insectos ayudan a colorear las telas, como es el caso de la cochinilla del que se extrae el color rojo. Los nuevos colores surgen de las mezclas de estas plantas. Para evitar que los tejidos se destiñan con los lavados usan fijadores naturales como el agua de banano.
Martina junto a su hija Ascelin que lleva un traje dónde se aprecian las nuevas tendencias




Qisiera saber como puedo adquirir uno de los tejidos. Es pero podeles visitar cuando la pandemia este bajo control.