EL VIAJE
Ninín: No morimos hasta que nos olvidan
Natália Becattini
Alejandro González

Detrás de las puertas del cementerio de Papantla de Olarte, en el estado mexicano de Veracruz, una figura vestida con una larga túnica marrón y una capucha que oculta parcialmente su rostro fantasmagórico camina de un lado a otro antes de parar frente a la cerradura y abrir el portón que separa el mundo de los muertos y de los vivos. Él hace una seña a la multitud que lo observa desde el exterior del cementerio y desaparece entre las tumbas.

Instantes después, una procesión de personajes diversos con rostros pintados de calaveras atraviesan la puerta y siguen impasibles ladera abajo hacia la plaza principal de la ciudad. Algunos de ellos visten ropas que remiten a los reyes y reinas prehispánicos. Otros, usan las tradicionales vestiduras totonacas y, en el camino, reproducen los pasos de las danzas típicas de su cultura. El paso de las calaveras del cementerio al centro de la ciudad simboliza el momento en que las puertas del paraíso se abren, el 31 de octubre. Desde ahí hasta el 2 de noviembre, las almas que ya no habitan ese mundo son recibidas con alegría por sus parientes y amigos vivos.

En Papantla, el Ninín fue celebrado con mucha música y danzas típicas
Fotografía de Alejandro González Amador

Al contrario de lo que se dice, el día de muertos tal como se conmemora hoy no es una celebración prehispánica. Es el resultado del sincretismo entre las religiones originarias y el cristianismo introducido en el país con la llegada de los conquistadores españoles. La forma de encarar la fiesta católica del Día de Todos los Santos, sin embargo, heredó mucho de la cosmovisión precolonial. La muerte siempre ocupó un lugar importante en el sistema de creencias de los pueblos mesoamericanos. Gran parte de ellos, en especial los que habitaban las regiones centrales y del sur de México, tenían en sus calendarios meses enteros dedicados a honrar a sus antepasados ​​y familiares muertos.

«Aquí la muerte es algo natural, es parte de la vida, por eso lo celebramos con una fiesta.»

El desfile de Catrinas abrió la celebración del Ninín 2017
Fotografía de Alejandro González Amador

De acuerdo con Eusebio, guía de turismo de la Zona Arqueológica del Tajín, antigua capital del mundo totonaco, morir era trascender. Por eso ser sacrificado era un privilegio reservado a pocos. Hoy, la idea de que el fallecimiento es el fin de un ciclo y el inicio de otro, todavía persiste entre los descendientes de esos pueblos. «Aquí la muerte es algo natural, es parte de la vida, por eso lo celebramos con una fiesta», cuenta Maria Cristina Guerrero, una señora de origen totonaca que vivió en Papantla toda su vida a la que se notaba emocionada con la proximidad de la fecha.

Fotografías de Alejandro González Amador

En la lengua totonaca, la fiesta recibe el nombre de Ninín. La palabra, que traducida literalmente al español significa “no muertos”, representa bien esa visión de lo que hay después de nuestras vidas terrenales. Nadie muere de verdad en México mientras haya quienes se acuerden de ellos.

Además de la cosmovisión, algunas de las costumbres tradicionales de la fiesta también fueron heredadas de los tiempos precoloniales, como la preparación del altar de muertos (puchaw), y las ofrendas y simbología detrás de ellas. La mesa, decorada con velas, papel china picado y flores coloridas, es preparada en los últimos días de octubre y representa el portal que se abre entre los dos mundos. El tipo de ofrenda que se coloca en ella varía de acuerdo con la región.

En todo México, el Día de Muertos es una oportunidad de acordarse de los muertos con alegria
Fotografía de Alejandro González Amador

En el Totonacapan, zona que abarca el estado de Veracruz y la sierra de Puebla, por ejemplo, es común ofrecer tamales —masa de maíz rellena de carnes, queso o frutas—, calabaza en conserva, bollitos de anís y frutas diversas. La parte de abajo de la mesa representa el inframundo (k’alinnin), la morada de los muertos. El tablero, o la parte donde se ponen las ofrendas, es el mundo terrenal (t’iyat). La parte superior, donde se están los murales decorados en forma de media luna, simboliza la bóveda celeste y el mundo de los dioses (aqapún). Los papeles picados en forma de estrella siempre son 12 y representan los 12 centinelas del universo. La campana en el centro es el sol (chichiní). En el primer día de noviembre, cuando son celebrados los muertos niños, un pequeño puchaw recibe dulces, caramelos, juguetes y frutas.

Otras costumbres y creencias también varían a lo largo del territorio mexicano. Hay los que creen que los muertos se manifiestan entre nosotros en forma de insectos, como las abejas y las mariposas. Otros creen que ellos vienen en forma de espíritus, invisibles a los ojos humanos, pero sentidos con el corazón, y que el aire se vuelve menos denso durante esos días, como si nuestro mundo se tornara también un poco menos material.

El Dia de Muertos nos acuerda que la muerte es parte de la vida
Fotografía de Alejandro González Amador

Algunas familias llevan comida al cementerio y hacen una gran fiesta junto a las tumbas de sus parientes y amigos, amenizando la cita con música, tequila o mezcal. Otras, dejan la puerta de sus casas abierta, invitando a las almas de sus muertos queridos a entrar. Es común también que se distribuya «pan de muerto» —un pan dulce cubierto de azúcar— en las calles.

En Papantla, los tres días que corresponden al Tiempo de Muertos fueron conmemorados con mucha música, presentaciones de danza y obras de teatro. En la ciudad de México, esculturas de calaveras mexicanas fueron colocadas a lo largo del Paseo de la Reforma, avenida por la que también pasó un gran desfile de Catrinas.

Más que un día de culto a la muerte, la fiesta mexicana es una forma de honrar el tiempo que las personas queridas pasaron entre nosotros y de recordarlas con alegría, porque para morir es necesario existir. Como dijo el escritor mexicano y premio Nobel de literatura Octavio Paz, «nuestro culto a la muerte es culto a la vida».

Ilustración de portada: Aurora Redondo González

5 Comentarios

  1. Maky Del Angel Mejía

    En lo personal me gusta demasiado está tradición por sus colores, por la comida y porque tenemos que honrar a nuestros parientes que están en «el otro mundo», para mí sería una lastima si con el pasar de los años se llegase a perder está festividad

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  2. ALBERTO SEQUERA DUARTE

    yo soi TATANACA de corazón.

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  3. Josune

    Muy bonito seguir así

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  4. Arantxa Olaizola

    Muy interesante y emotivo.
    Es curioso el diferente tratamiento que se le da a la muerte en las diferentes culturas.

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    • PWakaya

      Muchas gracias Arantxa. Es un placer tener lectoras como tú.

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