EL VIAJE

La tercera vía: la lucha diaria de los muxes y la fluidez de género en México

 

Natália Becattini

 

 

 

Desde pequeñas, las hermanas Mariana y Coral Aquino sentían que eran diferentes de los niños de su edad. Preferían pasar el tiempo con las niñas y siempre encontraban una manera de ponerse la ropa de sus otras hermanas a escondidas. Cuando jugaban, Coral era bailarina y Mariana le ayudaba a arreglarse. La madre fue la primera en darse cuenta de que las hijas eran muxes, personas con una identidad de género exclusiva de los indígenas zapotecos que históricamente habitan la región del istmo de Tehuantepec, en el sudoeste de México.
Mariana trabajaba en un bordado en el jardín de su casa en Juchitán de Zaragoza cuando la conocí. El tejido que ella llenaba de flores coloridas, características de la artesanía del estado de Oaxaca, se convertiría en un huipil, un traje femenino típico de aquella región. Con la renta generada con trabajos de ese tipo, se gana la vida. Ella usaba un cómodo vestido de algodón con estampando que imitaba la piel de un jaguar, y los largos pelos negros caían sobre el rostro maquillado. «¿Siempre te vistes?», pregunté. Ella confirma con la cabeza: «Comencé a los 11 años y nunca más paré. Ya no tengo ropa masculina, todo mi armario es de mujer».
Coral y Marina en el jardín de su casa en Juchitán

Fotografía de Natália Becattini

De acuerdo con la leyenda, los primeros zapotecos que poblaron la región donde fue fundada la ciudad de Oaxaca excluyeron de su convivencia a los hombres que presentaban características afeminadas y los enviaron a una ciudad alternativa fundada en el istmo de Tehuantepec. Con la llegada de los colonizadores españoles, en el siglo XV, esas personas pasaron a ser llamadas muxes, una zapotequización de la palabra mujer.
«Puedo haber adoptado un nombre y ropa femenina, pero nunca seré una mujer, soy muxe y estoy feliz de ser quién soy»
Aunque muchas veces son confundidos con transexuales, los muxes no se identifican ni como hombre, ni como mujer. Poseen características propias y forman un grupo social sui generis y, por eso, a menudo son descritos como un tercer género. «Puedo haber adoptado un nombre y ropa femenina, pero nunca seré una mujer, soy muxe y estoy feliz de ser quién soy», explica Mariana.
Un muxe es toda persona del sexo masculino que escapa al heteronormativo. Es un grupo diverso que incluye desde hombres homosexuales que mantienen su identidad masculina (muxes nguiiu), pudiéndose o no vestirse con trajes femeninos en fiestas y ocasiones especiales, a aquellos que prefieren vestirse y vivir su vida como mujer, adoptando incluso uno nombre femenino y desempeñando papeles que son socialmente reservados a las mujeres en la sociedad del istmo de Tehuantepec, como el comercio y la artesanía (muxes gunaa). «Muchas veces se vende esa idea de que los muxes son sólo aquellos que se visten, pero eso no corresponde a la realidad, no todos nos identificamos de la misma forma», explica Elvis Guerra, un muxe de 24 años que preserva su nombre e identidad masculina.
Elvis cuenta que en la lengua zapoteca no existe distinción de género. Por eso intentar definir los muxes entre masculino y femenino no tiene sentido en la cultura del istmo. La necesidad de definirlos en la perspectiva de la dualidad de género viene del español, ya que es una lengua en que todas las cosas o son masculinas o femeninas, lo que hace difícil para los hablantes expresar o comprender conceptos que escapan al binarismo. «Pero nosotros no somos ‘las muxes’ o ‘los muxes’, somos muxes sólo», afirma Elvis.
Tradicionalmente, son ellos quienes asumen el papel de cuidar de los padres en la vejez. Por eso, se cree que tener un muxe en la familia es una bendición. No todo, sin embargo, es un paraíso en la sociedad juchiteca. Aunque el género sea reconocido en la cultura del istmo, la experiencia homofóbica y la marginación es un aspecto destacado en la historia de cada uno de los muxes con quienes conversé. «Hay mucha discriminación, ser quién somos en esa sociedad es muy difícil, Juchitán es una ciudad pequeña y la gente todavía se asombra y te discriminan verbalmente», cuenta Mariana. Las «muxes vestidas» o gunaa no tienen el derecho de usar los baños femeninos y encuentran gran dificultad para insertarse en el mercado formal y en profesiones de mayor estatus social y, por eso, acaban dedicándose a la costura ya la artesanía, por ejemplo. «Hay gente también que finge que no nos conoce en la calle o que sólo nos ven como payasos, como diversión en fiestas», añade.
Hasta el papel de cuidadoras de la familia sólo les es concedido porque a ellas les está vetado el derecho de construir su propia familia. En el pasado, era común que los hombres tuvieran sus primeras experiencias con muxes. Era una forma de iniciar la vida sexual sin comprometer la virginidad de las mujeres. Hoy, eso ya no pasa con tanta frecuencia, pero muchos hombres heterosexuales continúan buscando los muxes para relaciones casuales e incluso extraconyugales. «Los hombres siempre van a casarse con una mujer y buscar los muxes a escondidas, es muy raro que un hombre asuma una relación con una muxe«, completa Coral.
Amigo de Elvis, Franzoá es muxe y solo se viste en fiestas y eventos especiales

Fotografía de Natália Becattini

Graduado en Derecho, Elvis frecuenta talleres y grupos de literatura y escribe poesía homoerótica zapoteca. En el futuro, pretende convertirse en el primer prefecto muxe de Juchitán de Zaragoza y, así, lograr crear políticas públicas específicas para atender las demandas de la población muxe y crear más oportunidades para ellos: «Nosotros los muxes no tenemos por qué limitarnos al ambiente doméstico, la artesanía, podemos ocupar cargos de poder, ser lo que queramos».

Sin embargo, aún hay un largo camino por recorrer. El preconcepto no siempre sutil que impregna la vida de los muxes es evidente en el vocabulario utilizado para referirse a las personas que se identifican con el género. En la lengua zapoteca, el adjetivo muxe se relaciona a la cobardía, al miedo, a los carentes de valentía. Es una de las formas más fuertes de insultar a un hombre en ese idioma. «Es en su raíz es un término machista y homofóbico, una forma de decir que perdimos valor al acercarnos a lo femenino». Sin embargo, afirma que hay, por parte de los muxes, un movimiento de reapropiación del término para darle un significado positivo: «No nos ofendemos, al contrario, decimos que somos muxes sí, y con orgullo, que eso no nos hace menos que nadie «. Coral concuerda con él y añade: «No me arrepiento de nada. Si pudiera nacer de nuevo y elegir, volvería a nacer muxe para tener otra vez a todos los novios que tuve».

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