EL VIAJE
La lengua que susurra el desierto
Idoia Olaizola
En el desierto de Atacama vive el pueblo Lickan Antay. Hablaban el kunza, pero la invasión española exterminó su lengua materna. Sin embargo, esta sigue viva en la memoria de los atacameños en el nombre de sus volcanes o en sus cánticos a la tierra. Pero sobre todo vive en la memoria de Tomás Paniri, líder que luchó en contra de los españoles durante la colonia.
 Sopla un aire seco. El calor es intenso. La arena se cuela entre los dedos de los caminantes. Van camino a su hogar, a su ayllu. Escasea el agua. Viven en condiciones extremas, en el desierto más árido del mundo. Son los atacameños, también conocidos como Lickan Antay, los habitantes del desierto de Atacama al norte de Chile. Lickan es ciudad o pueblo en lengua kunza mientras que antay es gente. Por tanto, el pueblo atacameño se autodenomina como “gente de esta tierra”. Ha sido un pueblo subordinado a otras culturas, pero que hasta hace no muchas décadas conservaba su lengua. Esta tenía una particularidad y es que la mayoría de palabras se apoyaban de gestos para poder entenderse. El kunza se perdió a finales de los años 40. Hasta 1949 se utilizaba como primera lengua, pero ahora pocos habitantes la saben hablar y solo conocen vocablos sueltos sin la certeza de estar pronunciándolos bien. Los últimos registros que de ella se tienen, los realizó en 1956 la investigadora Grete Mostny, sin embargo, la lengua sobrevive en cantos y en los nombres de las montañas y quebradas del lugar.
Vista general del volcán Licancabur
Fotografía de Idoia Olaizola

Licancabur es la montaña sagrada de los atacameños. Su nombre significa “cerro del pueblo” y se puede observar desde cualquier punto del desierto. Es tal su importancia que los muertos son enterrados en dirección al volcán. En la época de la conquista, con la intención de modificar sus creencias, los españoles cambiaron la entrada del cementerio para que ya no mirara en dirección a Licancabur. Los atacameños fueron más listos y cambiaron los muros de su cementerio, formando en la parte superior pequeños triángulos que representaban el volcán. Fue su manera de seguir ofrendando a sus muertos Y seguir con sus tradiciones.

“¿Por qué no pueden hablar en kunza, ustedes? ‘Porque vinieron los españoles y les cortaron la lengua’”

El atacameño ha sido un pueblo que estuvo en contacto con distintas culturas. Primero, la tiwanaku de la que adquirieron conocimientos como la fabricación de tejido o la creación de herramientas. Más tarde fueron conquistados por los incas, lo que se refleja en la adoración a los apus o la creación de pukarás o fortalezas. Por último, llegaron los españoles. Y con ellos, la destrucción. Fueron obligados a trabajar como esclavos, intentaron cambiar sus mitos y creencias y aniquilaron su lengua. Por miedo a una rebelión, los colonizadores cortaban la lengua a aquellos que no hablaban castellano. Esta práctica continúa hoy en día en el imaginario de los niños del lugar, como muestran las notas del diario de campo tomadas por el investigador Ramiro Catalán: “¿Por qué no pueden hablar en kunza, ustedes? dice la profesora. ‘Porque vinieron los españoles y les cortaron la lengua’ responde una niña”.

Cordillera de la Sal en el desierto de Atacama
Fotografía de Idoia Olaizola

Sin embargo, la lengua sigue viva en el desierto, y hay un nombre que susurra con especial fuerza. Es el de Tomás Paniri, que en lengua kunza significa “el que lleva o el que da”. Después de años de opresión a manos de José Fernández Valdivieso, Paniri se levantó en armas y lideró una revolución indígena en contra de la opresión española que duró diez años. Anteriormente había compartido y aprendido de los líderes quechua y aymara Tupac Amaru II y Tupac Katari, hecho que empezaría a gestar su imagen mitificada. En 1781 doscientos atacameños tomaron la casa de Pedro Manuel Rubin de Celis acusado de confidente. Fue llevado a la cárcel de San Pedro, igual que sucedió con otras figuras españolas de la zona. Pero la iglesia, de nuevo, volvió a actuar. Alejo Pinto, el cura de Chiu Chiu, municipio de la región de Antofagasta, acusó a Paniri de ser enviado del diablo, por hablar lengua kunza, y por llevar a cabo los ritos lickantay. Los habitantes pidieron diálogo entre ambas partes. Tomás aceptó. Pero durante las negociaciones los españoles lo traicionaron, llevándolo preso por el asesinato de cinco españoles. Igual que su análogo quechua, Tomás Paniri fue ajusticiado el 14 de mayo de 1781, en Iquique, atado de pies y manos a cuatro caballos que tiraron en direcciones opuestas hasta desmembrarlo.

La muerte del rebelde indígena no consiguió apagar las revueltas, y mitificó su figura en el imaginario popular. Los españoles y la iglesia intentaron destruir a Tomás Paniri, al pueblo lickanantay y su lengua kunza, pero lo único que consiguieron fue que el desierto susurrara sus nombres con más fuerza.

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