Los indios no tienen historia

Los indios no tienen historia

EL VIAJE
Los indios no tienen historia
Alejandra Gayol
El eterno duelo entre la oralidad y la escritura sirvió de excusa para salpicar de sangre el suelo argentino. Borraron la historia desapareciendo cuerpos. Invisibilizaron y enmudecieron a los pueblos indígenas para diseñar un país amoldado a sus pretensiones. Hoy el pueblo qom reivindica su existencia, su presencia en la actualidad y en el pasado, entre voces y letras, pues la revitalización de su lengua solo será con la revisión de su historia.
Argentina abrió las puertas de par en par a la inmigración europea a partir de 1870. Italianos, españoles, alemanes llegaron para construir en América una copia de Europa. Estos nuevos inmigrantes tenían que pensar y decidir cual era el tipo de país en el que querían vivir. Lo tenían claro, una Argentina blanca que hablase español. Para lograr este objetivo había que acabar con la barbarie, relacionada, bajo su criterio, directamente con los “indios”, aquellos sin identidad que no entendían de educación y de ninguna manera se les podía calificar como personas. Domingo Faustino Sarmiento, político y pensador de la época, considerado también padre de la educación argentina, declaraba públicamente la necesidad de crear una nación blanca con aires europeos para poder hacer de un país en construcción un estado sólido. Así se diseñó una Argentina que calificaba a la gente por su color de piel, por su apellido, por su lengua. Todo lo que se alejaba de Europa, todo aquello que tenía raíz en la tierra que pisaba y no en un continente al otro lado del Atlántico, era calificado como “no ser humano” y así, con este pretexto, las campañas militares argentinas como la conocida “conquista del desierto” se justificaban como una causa fundamental para asegurar un próspero futuro al recién nacido país.
El Museo de la Plata, en la provincia de Buenos Aires, exhibía los cuerpos de hombres y mujeres indígenas como si fueran objetos de estudio.
Fotografía publicada en el libro «Las voces de Napalpi» de Juan Chico.

Juan chico es historiador y presidente de la Fundación Napalpi, organización que lleva el nombre de la masacre de 200 indígenas qom y mocoví a manos de la policía chaqueña en 1924. Juan, junto al resto del equipo, lucha para que la historia de su pueblo sea contada por el propio pueblo. «Los pueblos indígenas venimos de la oralidad, y por lo general, como este medio de transmisión no cumple ciertos parámetros de la academia, la historia que hemos transmitido entre generaciones no se nos valora», explica Juan en una de las habitaciones de su oficina, ubicada en la ciudad de Resistencia. Usar las armas del opresor, en este caso el uso de la escritura, ha servido a los historiadores qom para abrir paso al reconocimiento de su historia. La Fundación Napalpi ha publicado ya cinco libros que se basan en los relatos orales de sus ancestros pero siempre con el contraste de la documentación escrita. «Nosotros decimos que como no valoran la oralidad y que para ellos no tiene validez, en nuestro trabajo usamos las dos fuentes, combinamos nuestra propia visión indígena con la de ellos, eso hace que juguemos con alguna ventaja», añade. Estos libros se publican en ambas lenguas, en español y en lengua qom, para que aquellas persona que dominan mejor la lengua originaria también puedan conocer su historia a través de su lengua.

Entre 1878 y 1885 la república de Argentina realizó una campaña militar con el fin de arrebatar sus tierras a los pueblos originarios mapuche, ranquel y tehuelche. Los pueblos fueron sometidos a una nueva cultura, asesinados, deportados a reservas indias e incluso llevados a museos como objeto de estudio u obligados a trabajar a la fuerza.

“Indio”, una palabra impregnada de discriminación que se hizo popular en el sermón del colonizador. Cuidar la utilización de las palabras es fundamental para diseñar los discursos del cambio. «Empecemos por el hecho de que los indios están en la India. Nosotros trabajamos mucho las palabras, ¿Por qué? Porque nosotros sin quererlo legitimamos procesos. Se puede aludir a la discriminación o a la negación al otro con solo usar ciertas palabras. Aquí, en América, esa palabra se usó de forma despectiva para dividir a las personas. En definitiva, para demostrar que no éramos lo mismo que los europeos. Todo lo que rodea al término “indio” lo podemos tomar como algo liviano, pero en cierta manera esa palabra costó la vida de muchísima gente, muchos de nuestro pueblo, ancianos y jóvenes, fueron muertos, deportados con esa simple palabra “indio”. Por eso el cambio empieza con el cuidado de estas palabras», argumenta el historiador.

Romper el discurso hegemónico de la “pureza” Argentina es un trabajo duro. Durante cientos de años se ha escrito la historia con tinta de pluma europea. «Nuestros pueblos fueron invisibilizados por la institución escolar y por los medios de comunicación que han tenido un papel clave en la estigmatización. Se vendió la imagen de los no civilizados, aquellos que no teníamos educación», dice Juan. Hoy, la provincia del Chaco es el único departamento de Argentina que tiene reconocidas las lenguas indígenas que se hablan en su territorio. Esto les ha permitido crear los libros en lengua qom y así fomentar la lectura en lenguas originarias. Los libros escritos en lenguas más allá del inglés o del español son un nicho nuevo, algo diferente y atractivo, por lo que las editoriales, lejos de los que muchas personas podrían pensar, se pelean por trabajar con estas iniciativas. «Hay demanda de las editoriales, del estado no. Solo uno de los cinco libros fue apoyado por el gobierno chaqueño, y eso que supuestamente es el estado que más reconoce las lenguas originarias, pero la realidad es que está muy ausente. Esto ocurre por el contenido ideológico, político e histórico de nuestra visión, ya que chocan con los parámetros políticos del propio estado. Nosotros cuestionamos las bases, como en el libro de Malvinas, que cuenta la historia desde la visión indígena, rompiendo con la historia oficial que dice que nadie fue discriminado, pero no es así, nos invisibilizaban. Nosotros reivindicamos que los pueblos indígenas tuvimos una importante presencia a lo largo de la historia de Argentina, ya sea la independencia o luchas de federales y unitarios, siempre estuvimos presentes, incluso muchos somos hijos y nietos de personas que se fueron defendiendo al Estado argentino».

Juan Chico lucha por abrir un espacio a la cosmovisión y lengua indígena desde la historia.
Joseba Urruty
“El problema indígena”, otra frase que se repite de forma compulsiva. Una de las ventajas que tiene escribir en lengua qom, alejándose del español, es evitar caer en aquellas connotaciones  que inevitablemente se vinculan a palabras o frases que son copias del discurso de los opresores. Juan chico, como historiador, investigador y defensor de su pueblo, lucha por cambiar la perspectiva, pues en todo América se habla del “problema indígena” como si el simple hecho de que existan provocase un problema. Juan, como muchos otros chaqueños, cree firmemente que al contrario de un problema, los pueblos indígenas son una evidente solución para los problemas de la sociedad actual.

Da igual cuantos años haya escrito la historia el hombre blanco, ni cuantas veces el español ha hablado por la lengua qom, la resistencia sigue siendo el día a día, y la resignación no tiene lugar. «No podemos negar que hay un gran despertar en todo Sudamérica, hay gente que está buscando su identidad. Nosotros los chaqueños nos tenemos que sentir orgullosos de nuestro origen indígena, los afrodescendientes de sus raíces africanas y los criollos de ser criollos», recalca Juan para continuar tras una breve pausa. «En el caso de los historiadores hay una gran resistencia, es decir, nuestra sociedad esta formateada y responde a determinados patrones e intereses del sistema que oprime. Estamos atrasados en el reconocimiento de derechos del “otro”, no como grupo, sino como sociedad indoamericana estamos formados de esa manera, y por eso a veces la mayoría ejercemos esa opresión al otro por nuestra ignorancia y analfabetismo cultural, así nos educó la historia que ha quedado escrita».

El guaraní crece entre ríos

El guaraní crece entre ríos

EL VIAJE
El guaraní crece entre ríos
Idoia Olaizola

El guaraní es el idioma oficial de Paraguay, donde cerca del 90% de la población lo habla. Pero también existen hablantes de guaraní, o avañe’ẽ, que se traduciría como «la lengua del hombre», en países colindantes como Bolivia, Argentina o Brasil. Ara Mimbi Olivia Vera vive en Paraná, Argentina. Es referente del idioma y la cultura guaraní, y lleva 29 años trabajando por reforzar los saberes ancestrales de su pueblo.

Llegamos a su casa. Nos recibe en la puerta con una sonrisa. Su piel es blanca, viste una falda larga y una camiseta. Porta una diadema que adorna su pelo rizado, única característica que conserva de sus descendientes africanos. Nos invita a pasar a su casa. Esta es caótica, llena de cajas con documentos que ha almacenado a lo largo de los años. Varias wiphala cuelgan de las paredes y una figurita de un búho mira fijamente en dirección a la puerta de casa. “Es un animal protector. Él me avisa cuando vienen extraños”, comenta. Ella es Ara Mimbi Olivia Vera, referente de la comunidad guaraní y afrodescendiente. Lleva 29 años trabajando por el desarrollo de la cultura y lengua guaraní. Es avá-guaraní, uno de los subgrupos en los que se dividen los guaraní en su región junto con los tupí y los mbyá.

En el año 92 sufrió una grave enfermedad. Los médicos no le daban más de seis meses de vida. Entonces recurrió a la medicina tradicional, lo que la ayudó a contactar más profundamente con sus raíces indígenas. A partir de ahí empezó una investigación sobre su identidad y sus orígenes y una lucha porque estos no se perdieran. Nada más sentarnos, despliega dos grandes mapas, uno de Sudamérica y otro de Argentina, para explicar las migraciones del pueblo guaraní y sus asentamientos. Cuenta que los guaraníes provienen de la zona del Caribe, pues allá encontraron vestigios de este pueblo y que fueron bajando de forma gradual hasta la provincia de Buenos Aires. Es portadora del cetro de las cuatro naciones del intisuyo, como embajadora en las cuatro divisiones del antiguo imperio incaico.

«Sarmiento prohibió hablar cualquier lengua indígena»

Se oyen ruidos en la cocina de la casa. No vive sola. La acompaña Augusto Mechetti Martínez, un hermano de la comunidad guaraní con quien lleva a cabo las tareas ancestrales. Es profesor de Idioma y Cultura Guaraní en la cátedra de Historia Contemporánea de la UADER. Ambos hablan avañe’ẽ, la lengua del hombre. Fundaron en el año 90 el curso superior de Idioma, Historia y Cultura guaraní de Entre Ríos e imparten clases también en el CILEN, el centro intercultural de lenguas en Paraná. Cuando preguntamos por los gobiernos de Videla y Sarmiento, se miran y se sonríen con cierta incomodidad. Cuentan que Sarmiento tenía una máxima: mejorar la raza argentina mezclándola con los europeos. Las personas que presentaban características que denotaran la procedencia de algún pueblo indígena o afrodescendiente eran duramente castigadas. Esa es la razón por la que prohibió hablar cualquier lengua originaria. En el periodo de Sarmiento, durante la guerra de la Triple Alianza, envió a los esclavos negros e indígenas a luchar contra los paraguayos. Esa es una de las mayores causas por la que casi desaparecieran del país.

Como buenos argentinos, nos ofrecen mate, lo que ayuda a distender la conversación. Pero no enlazamos con un tema tranquilo. Hablamos de religión. Los jesuitas tuvieron una fuerte presencia en el norte de Argentina, e influyeron en la cultura guaraní. Por eso ahora la mayoría de guaraníes son católicos, aunque conservan ciertas costumbres prehispánicas. Además, una de las razones por las que el guaraní tenga tanta fuerza es porque fue la lengua escogida para evangelizar a los pueblos de la zona, en detrimento del resto de lenguas cercanas. Ava y Augusto no tienen reparo en aceptar su fe, aunque no siempre siguen sus preceptos a raja tabla. Para Ava la muerte no es símbolo de tristeza, por eso insiste a su familia que no quiere que sufran en su entierro. Pide que hagan una gran fiesta con un asado, que es como ella querría festejarlo.

Se hace tarde y tenemos que marchar. Antes de irnos decide compartir con nosotros una ceremonia de purificación y de buena suerte. Busca entre sus muchas cajas un poco de carbón y tabaco. Lo quema y mientras apoya sus manos en el corazón, nos pide que cerremos los ojos y pidamos nuestros deseos. Al finalizar nos abraza y nos desea suerte. Al llegar al umbral de su casa, nos explica que quien llega a la entrada es un conocido, quien pasa de la puerta es un amigo, pero quien se sienta a su mesa es su hermano. Ahora somos, entonces, sus hermanos.

Adá oyé nden

Adá oyé nden

El VIAJE

Adá oyé nden

Alejandra Gayol

 

 

Una lengua silenciada durante dos siglos. Mujeres que tejían, en secreto, los últimos hilos de una cultura. Palabras que nunca debían de llegar al hombre blanco. Doscientos años en la sombra. Un pacto de silencio interrumpido por el último chaná con la esperanza de no ver muerta su cultura.

La lengua chaná se consideraba una lengua perdida. Uno de esos idiomas que había devorado por completo el insaciable español. Dos siglos después del último testimonio registrado, cuando ya nadie consideraba a la cultura chaná como una de las culturas aborígenes vivas en Argentina, el último superviviente rompió el silencio para demostrar que los chaná no estaban extintos, sino que solo estaban ocultos. Una invisibilidad impulsada por el miedo, la opresión y la supervivencia. Ahora el chaná vive, enriqueciendo con su existencia el abanico de culturas y lenguas de la gran Abya Yala, nombre que los indígenas le dan a un continente bautizado como América por sus colonizadores.

El río Paraná cruza la ciudad que lleva su nombre.

Fotografía de Joseba Urruty

Paraná significa“pariente del mar” en lengua guaraní, nombre de la capital de la provincia de Entre Ríos, donde hace catorce años la cultura chaná dio fe de vida encarnada en la figura de un hombre de setenta años. Lingüistas y periodistas acudieron a su encuentro por lo sorprendente de la noticia, unos en busca de portadas o en busca de dar voz a las culturas originarias, otros con la intención de averiguar si se trataba realmente del último hablante de esta lengua originaria. Saber palabras no es saber un idioma, ni mucho menos tener el poder de transmitirlo. Al lingüista Pedro Viegas Barros solo le hizo falta media hora para darse cuenta de que este hombre que decía conocer una lengua ancestral no mentía. Su profundo conocimiento sobre la cultura, las palabras contrastadas con los escritos de Larrañaga —la última persona que había dejado documentada esta lengua— y otros análisis propios de una investigación lingüística le sirvieron para confirmar que no estaba frente a alguien que solo quería llamar la atención.

Los tató ta eran los considerados “hombres superiores” en la cultura chaná. Ante las atrocidades que el noá u hombre blanco llevaba a cabo sobre su pueblo, como podía ser el habitual castigo de cortar la punta de la lengua a las niñas y niños que sorprendían hablando en su idioma nativo, decidieron tomar medidas para ocultar sus conocimientos y que estos nunca llegaran a ser reconocidos por el enemigo. Su estrategia fue crear un “pacto de silencio» donde su lengua y la cosmovisión que la envuelve fuera transmitida únicamente entre las mujeres. Una de las hijas del tató ta, aquella que más inquietud mostrase hacia su cultura, se convertiría en adá oyé nden, la“guardiana de la memoria”, a la cual se le instruía en todo lo concerniente a la cultura, a la lengua y a la historia del pueblo chaná.

“Una de las hijas del tató ta, aquella que más inquietud mostrase hacia su cultura, se convertiría en adá oyé nden, la ‘guardiana de la memoria’, a la cual se le instruía en todo lo concerniente a la cultura, a la lengua y a la historia del pueblo chaná.”

La lengua se crea para transmitir, y en el momento que pierde esta facultad, pierde su sentido. Así, la mujer chaná fue desapareciendo al igual que sus palabras, hasta que llegó el día definitivo en que esa red de mujeres se quedo sin hilo. Había que tomar medidas desesperadas y saltarse las leyes era la única solución posible.

Blas Jaime era un niño de doce años, sus hermanas habían fallecido, su padre también. Su madre, la última adá oyé nden, no podía tener mas descendencia, así que si no pasaba su testigo, la cultura chaná se extinguiría con su muerte. Blas había nacido para ser cacique y en su familia se le tenía un respeto especial. Su madre le preguntó si quería ser un guardián de la memoria y así convertirse en tató oyé nden, el primer hombre que sería responsable de guardar la memoria del pueblo chaná. Una promesa silenciosa que rompería por la misma necesidad que la rompió su madre, hacer que su cultura sobreviviera.

Blas Jaime acude todos los martes al museo Antonio Serrano para dar charlas sobre la cultura chaná a los niños.

Fotografía de Joseba Urruty

Después de sesenta años de silencio, Blas Jaime se dio cuenta de lo importante de compartir su lengua y su cosmovisión, y no solo decidió hacerlo buscando un alumno, sino que consideró que era momento de mostrarlo al mundo. Recorrió radios haciendo un llamado para que cualquier persona que pudiese tener conocimientos del chaná se pusiera en contacto con él, pues quizás su lengua aún permanecía reprimida en algún otro cuerpo. Nadie contestó nunca. Se encontró solo, con el peso de toda una cultura milenaria. Su hija agarró con fuerza su legado cultural, y al igual que ella, cientos de alumnos hoy dedican parte de su tiempo a acudir a las clases de lengua chaná que Blas Jaime imparte todos los sábados en el Museo Antonio Serrano. Blas es la última persona que habrá aprendido su lengua desde el método tradicional, con sus abuelos, con su madre, cuando este idioma aún existía interpretando un mundo, descifrando un universo. Igualmente, la esperanza es lo último que se pierde, y Blas confía en que todo su esfuerzo se pueda ver recompensado en un espacio para la lengua chaná dentro de este imperialista mundo. Hoy Blas Jaime es la única persona que habla de forma fluida la lengua chaná, pero gracias a su esfuerzo, puede que no sea el último.

Rapanui: La isla de los renacimientos

Rapanui: La isla de los renacimientos

EL VIAJE
Rapanui: La isla de los renacimientos
Alejandra Gayol
Hija del Pacífico, perfumada en lava y sal, navega el océano en un barco de tierra llamado Nazca. Un remanso de arena donde descansa el mar que no opuso resistencia a los invasores. La cabeza de un volcán donde convergen la cosmovisión polinésica y europea. Le llamaron Pascua en su tercer bautizo, cuando renació sin perder del todo su memoria.
Nació sin saber hablar. Abrió los ojos y solo vio azul. Era, sin saberlo, el punto más alejado de cualquier otro lugar poblado del planeta.  Pese a su aislamiento, el océano desafío al azar, y embarcaciones llegadas del sudeste asiático se posaron en su orilla. La lengua llegó para describirla, para interpretarla entre palabras. Te Pito o Te Henua, así la definieron como “El ombligo del mundo”. Rapa Nui fue el apodo que le puso el misionero Eugenio Reynaud, que en tahitiano quiere decir “Isla grande”. Se acercaron los marinos holandeses para bautizarla por última vez, Isla de Pascua fue el apelativo. El honor cristiano en una lengua extranjera, el presagio de su destino en un nombre.
Moái de la isla de Pascua. Estatua monolítica que solo se encuentra en la isla.
Creative Commons
La Polinesia le debe su limite oriental y ella le debe su cultura a la Polinesia. Desde Marae Renga, llegaron los polinésicos cargados de tradiciones y leyes ancestrales, y como si de semillas se trataran, estos saberes germinaron en su tierra. Los rostros de aquellos que la consagraron le pusieron cara. Levantaron miradas de piedra que petrificaban, los hoy famosos moai de Isla de Pascua reflejaban el poder de las familias más poderosas. La llave que encerraba todos sus conocimientos fue la lengua, el Vananga Rapa Nui, y su escritura propia, nacida entre figuras de madera rasgada en las tablas Rongo-Rongo, uno de los grandes misterios que aún esconde esta isla. Los maorí, antiguos sabios, eran los únicos capaces de descifrar su contenido.
Tablillas Rongo-Rongo. Escritura rapanui.
Imaginaisladepascua.com

Ella cumplió años, y siglos. Seguía modificándose, transformándose para adaptar sus expresiones sociales y culturales, como su lengua, a las condiciones de su entorno. Pero un periodo de catástrofe ambiental llegó a la isla, lo que supuso un colapso de la cultura.  La adoración a los ancestros y la construcción de los moáis se paralizó alrededor del siglo XVII. El nuevo paisaje que la catástrofe ambiental había dejado cambió su económica, sus ideologías, e incluso desembocó en enfrentamientos entre clanes. En este panorama de guerras clánicas los hokos cobraron una vital importancia. Los ojos abiertos inyectados en furia, las lenguas húmedas colgadas de sus labios tocando la barbilla, los músculos tensos, mientras los golpes en el pecho y en las piernas salpicaban la sangre hasta enrojecer la piel. Una danza guerrera que los rapanui solían hacer para intimidar a sus rivales.

Danza de guerra Haka de Nueva Zelanda, muy similiar al Hoko rapanui.
Youtube.
En un panorama crítico, nace en el imaginario popular el Hombre-Pájaro, que simbolizaba con su huevo la renovación de la vida. Un destino renovado, aunque las renovaciones vinieran más del océano que de sus entrañas. Conoció a Europa por primera vez en el año 1722, un nuevo contacto que cada vez se presentaba de forma más frecuente. Y así, llegaron los neerlandeses con el neerlandés, los ingleses con el inglés y los franceses con el francés. El Vananga Rapa Nui fue adoptando palabras, e inevitablemente, sustituyéndolas.

Aún le quedaban por recibir los golpes más duros. Alrededor de 1860, los traficantes que llegaban desde Perú se llevaron a cientos de hombres para someterles a la esclavitud en las haciendas peruanas. Entre ellos estaban los sabios, los ancianos, los conocedores de los saberes que se encerraban en la antigua escritura Rongo-Rongo, los últimos intérpretes. Su lengua se tambaleaba, también sus tradiciones. Se quedó sin sus maorís y con solo un centenar de habitantes, pues aquellos que volvieron de la experiencia esclavista portaban enfermedades que contagiaron al resto de la población. Un hachazo irreversible para su cultura.

Noche estrellada en Rapanui.
Creative Commons

Amaneció desolada, pidiendo auxilio en silencio, estaba quedándose muda poco a poco. Los gritos se escucharon desde un barco de misioneros, que más que la palabra “necesidad” socorrieron a la palabra “oportunidad”. Descubrió al cristianismo, y sin poder de decisión, asumió la disciplina alejándose cada vez más de sus creencias. Sentimientos encontrados, la esperanza y la nostalgia.

Deseada y algo desorientada, fue a su encuentro el francés Jean Baptiste Dutroux-Bornier, que la convirtió en un criador de ovejas. Condenada a ser objeto de lucro para el francés y para su amigo inglés John Brander, su población empezó a descender hasta llegar tan solo a 110 rapanuis. Le arrebataron a sus hijos, junto a los que forjó una identidad única durante cientos de años. Solo 150 años atrás, esta madre abandonada en el Pacífico daba el pecho a 6000 rapanuis. Los intereses de los comerciantes extranjeros la desnudaron, no solo despoblándola de personas, sino también saqueando gran parte de su patrimonio arqueológico. Se llevaron su cultura tangible y transformaron – e incluso hicieron desaparecer-  su cultura intangible.

La isla de Pascua está en mitad del oceáno Pacífico limitando la Polinesia en su vértice oriental.
Fotografía: Michelle Clarke. Creative Commons.
Y se convirtió en mercancía. La cosmovisión rapanui cada vez sufría mas estragos. Pasó, como las monedas, de mano en mano. El inglés se la vendió a un francés de Valparaíso para luego caer en manos de la compañía escocesa Williamson & Balfour. Absorbe aquí nuevas corrientes culturales que la siguen transformando. Su reino, dirigido por Atamu Tekena, recibió las “Escrituras de cesión” con la intención de adherirla a Chile. Un nuevo capitulo de sometimiento para ella, donde el rey Tekena con un gesto, le prometió no abandonarla. Cogió un pedazo de tierra entre sus manos y, mirando a la cara al capitán Policarpo Toro, dijo: “Esto es para ti, nosotros nos quedamos con la tierra”, con la intención de aclarar que la soberanía y la administración se la cedían a Chile, pero que ellos seguirían siendo dueños de su tierra. La lengua cayó en combate. La marina chilena atacó directamente a ese elemento que se les escapaba de las manos, algo que nunca podrían dominar como lo hacían sus habitantes. La lengua rapanui fue prohibida.
El mareo le duro unos años. Un poco anestesiada y bailando al son de lo que traían las olas del océano. Demasiadas lenguas, muchas tradiciones y religiones se batieron como una licuadora en su estrecho cuerpo. Hasta que en 1966 se despertó. Alfonso Rapu lideró un movimiento nativo que denunciaba los abusos del Gobierno y exigía derechos fundamentales, como hablar su lengua nativa con libertad. El presidente de Chile aprobó la llamada “Ley Pascua”, reconociendo alguno de los derechos demandados. Y se abrió a nuevos visitantes. Empezó a enfocarse en el turismo con una doble personalidad, entre la Polinesia y el continente americano.
Atardecer en isla de Pascua.
Creative Commons
A veces se confunde, o la confunden. A veces se ofende con los jóvenes, se siente traicionada al ver su tradición hecha negocio. Otras veces se queda callada, pensando en que es la única manera de sobrevivir. A veces llora pensando en lo que pudo ser, y a veces se alivia pensando que a pesar de todo, sigue viva. A veces se monta en el lomo del hombre pájaro que tantas veces la vio renacer y se observa, desde arriba, y escupe palabras en la lengua rapanui, regando con su saliva la tierra, pero pocos la llegan a entender. Entonces, se muerde la lengua, tiene miedo de hacer ruido. Se quiere deshacer de su cuerpo, regalarlo, pues no se siente cómoda vestida de otro idioma. Luego vuelve a ser tierra y espera mirando sus cicatrices. Siempre, desde algún rincón, encarnada en alguna persona, aparece la esperanza. Llega hablando rapanui, para recordarle que reinventarse empieza por no perder la memoria.

La lengua que susurra el desierto

La lengua que susurra el desierto

EL VIAJE
La lengua que susurra el desierto
Idoia Olaizola
En el desierto de Atacama vive el pueblo Lickan Antay. Hablaban el kunza, pero la invasión española exterminó su lengua materna. Sin embargo, esta sigue viva en la memoria de los atacameños en el nombre de sus volcanes o en sus cánticos a la tierra. Pero sobre todo vive en la memoria de Tomás Paniri, líder que luchó en contra de los españoles durante la colonia.
 Sopla un aire seco. El calor es intenso. La arena se cuela entre los dedos de los caminantes. Van camino a su hogar, a su ayllu. Escasea el agua. Viven en condiciones extremas, en el desierto más árido del mundo. Son los atacameños, también conocidos como Lickan Antay, los habitantes del desierto de Atacama al norte de Chile. Lickan es ciudad o pueblo en lengua kunza mientras que antay es gente. Por tanto, el pueblo atacameño se autodenomina como “gente de esta tierra”. Ha sido un pueblo subordinado a otras culturas, pero que hasta hace no muchas décadas conservaba su lengua. Esta tenía una particularidad y es que la mayoría de palabras se apoyaban de gestos para poder entenderse. El kunza se perdió a finales de los años 40. Hasta 1949 se utilizaba como primera lengua, pero ahora pocos habitantes la saben hablar y solo conocen vocablos sueltos sin la certeza de estar pronunciándolos bien. Los últimos registros que de ella se tienen, los realizó en 1956 la investigadora Grete Mostny, sin embargo, la lengua sobrevive en cantos y en los nombres de las montañas y quebradas del lugar.
Vista general del volcán Licancabur
Fotografía de Idoia Olaizola

Licancabur es la montaña sagrada de los atacameños. Su nombre significa «cerro del pueblo” y se puede observar desde cualquier punto del desierto. Es tal su importancia que los muertos son enterrados en dirección al volcán. En la época de la conquista, con la intención de modificar sus creencias, los españoles cambiaron la entrada del cementerio para que ya no mirara en dirección a Licancabur. Los atacameños fueron más listos y cambiaron los muros de su cementerio, formando en la parte superior pequeños triángulos que representaban el volcán. Fue su manera de seguir ofrendando a sus muertos Y seguir con sus tradiciones.

«¿Por qué no pueden hablar en kunza, ustedes? ‘Porque vinieron los españoles y les cortaron la lengua’”

El atacameño ha sido un pueblo que estuvo en contacto con distintas culturas. Primero, la tiwanaku de la que adquirieron conocimientos como la fabricación de tejido o la creación de herramientas. Más tarde fueron conquistados por los incas, lo que se refleja en la adoración a los apus o la creación de pukarás o fortalezas. Por último, llegaron los españoles. Y con ellos, la destrucción. Fueron obligados a trabajar como esclavos, intentaron cambiar sus mitos y creencias y aniquilaron su lengua. Por miedo a una rebelión, los colonizadores cortaban la lengua a aquellos que no hablaban castellano. Esta práctica continúa hoy en día en el imaginario de los niños del lugar, como muestran las notas del diario de campo tomadas por el investigador Ramiro Catalán: «¿Por qué no pueden hablar en kunza, ustedes? dice la profesora. ‘Porque vinieron los españoles y les cortaron la lengua’ responde una niña”.

Cordillera de la Sal en el desierto de Atacama
Fotografía de Idoia Olaizola

Sin embargo, la lengua sigue viva en el desierto, y hay un nombre que susurra con especial fuerza. Es el de Tomás Paniri, que en lengua kunza significa “el que lleva o el que da”. Después de años de opresión a manos de José Fernández Valdivieso, Paniri se levantó en armas y lideró una revolución indígena en contra de la opresión española que duró diez años. Anteriormente había compartido y aprendido de los líderes quechua y aymara Tupac Amaru II y Tupac Katari, hecho que empezaría a gestar su imagen mitificada. En 1781 doscientos atacameños tomaron la casa de Pedro Manuel Rubin de Celis acusado de confidente. Fue llevado a la cárcel de San Pedro, igual que sucedió con otras figuras españolas de la zona. Pero la iglesia, de nuevo, volvió a actuar. Alejo Pinto, el cura de Chiu Chiu, municipio de la región de Antofagasta, acusó a Paniri de ser enviado del diablo, por hablar lengua kunza, y por llevar a cabo los ritos lickantay. Los habitantes pidieron diálogo entre ambas partes. Tomás aceptó. Pero durante las negociaciones los españoles lo traicionaron, llevándolo preso por el asesinato de cinco españoles. Igual que su análogo quechua, Tomás Paniri fue ajusticiado el 14 de mayo de 1781, en Iquique, atado de pies y manos a cuatro caballos que tiraron en direcciones opuestas hasta desmembrarlo.

La muerte del rebelde indígena no consiguió apagar las revueltas, y mitificó su figura en el imaginario popular. Los españoles y la iglesia intentaron destruir a Tomás Paniri, al pueblo lickanantay y su lengua kunza, pero lo único que consiguieron fue que el desierto susurrara sus nombres con más fuerza.