El VIAJE

Adá oyé nden

Alejandra Gayol

 

 

Una lengua silenciada durante dos siglos. Mujeres que tejían, en secreto, los últimos hilos de una cultura. Palabras que nunca debían de llegar al hombre blanco. Doscientos años en la sombra. Un pacto de silencio interrumpido por el último chaná con la esperanza de no ver muerta su cultura.

La lengua chaná se consideraba una lengua perdida. Uno de esos idiomas que había devorado por completo el insaciable español. Dos siglos después del último testimonio registrado, cuando ya nadie consideraba a la cultura chaná como una de las culturas aborígenes vivas en Argentina, el último superviviente rompió el silencio para demostrar que los chaná no estaban extintos, sino que solo estaban ocultos. Una invisibilidad impulsada por el miedo, la opresión y la supervivencia. Ahora el chaná vive, enriqueciendo con su existencia el abanico de culturas y lenguas de la gran Abya Yala, nombre que los indígenas le dan a un continente bautizado como América por sus colonizadores.

El río Paraná cruza la ciudad que lleva su nombre.

Fotografía de Joseba Urruty

Paraná significa“pariente del mar” en lengua guaraní, nombre de la capital de la provincia de Entre Ríos, donde hace catorce años la cultura chaná dio fe de vida encarnada en la figura de un hombre de setenta años. Lingüistas y periodistas acudieron a su encuentro por lo sorprendente de la noticia, unos en busca de portadas o en busca de dar voz a las culturas originarias, otros con la intención de averiguar si se trataba realmente del último hablante de esta lengua originaria. Saber palabras no es saber un idioma, ni mucho menos tener el poder de transmitirlo. Al lingüista Pedro Viegas Barros solo le hizo falta media hora para darse cuenta de que este hombre que decía conocer una lengua ancestral no mentía. Su profundo conocimiento sobre la cultura, las palabras contrastadas con los escritos de Larrañaga —la última persona que había dejado documentada esta lengua— y otros análisis propios de una investigación lingüística le sirvieron para confirmar que no estaba frente a alguien que solo quería llamar la atención.

Los tató ta eran los considerados “hombres superiores” en la cultura chaná. Ante las atrocidades que el noá u hombre blanco llevaba a cabo sobre su pueblo, como podía ser el habitual castigo de cortar la punta de la lengua a las niñas y niños que sorprendían hablando en su idioma nativo, decidieron tomar medidas para ocultar sus conocimientos y que estos nunca llegaran a ser reconocidos por el enemigo. Su estrategia fue crear un “pacto de silencio” donde su lengua y la cosmovisión que la envuelve fuera transmitida únicamente entre las mujeres. Una de las hijas del tató ta, aquella que más inquietud mostrase hacia su cultura, se convertiría en adá oyé nden, la“guardiana de la memoria”, a la cual se le instruía en todo lo concerniente a la cultura, a la lengua y a la historia del pueblo chaná.

“Una de las hijas del tató ta, aquella que más inquietud mostrase hacia su cultura, se convertiría en adá oyé nden, la ‘guardiana de la memoria’, a la cual se le instruía en todo lo concerniente a la cultura, a la lengua y a la historia del pueblo chaná.”

La lengua se crea para transmitir, y en el momento que pierde esta facultad, pierde su sentido. Así, la mujer chaná fue desapareciendo al igual que sus palabras, hasta que llegó el día definitivo en que esa red de mujeres se quedo sin hilo. Había que tomar medidas desesperadas y saltarse las leyes era la única solución posible.

Blas Jaime era un niño de doce años, sus hermanas habían fallecido, su padre también. Su madre, la última adá oyé nden, no podía tener mas descendencia, así que si no pasaba su testigo, la cultura chaná se extinguiría con su muerte. Blas había nacido para ser cacique y en su familia se le tenía un respeto especial. Su madre le preguntó si quería ser un guardián de la memoria y así convertirse en tató oyé nden, el primer hombre que sería responsable de guardar la memoria del pueblo chaná. Una promesa silenciosa que rompería por la misma necesidad que la rompió su madre, hacer que su cultura sobreviviera.

Blas Jaime acude todos los martes al museo Antonio Serrano para dar charlas sobre la cultura chaná a los niños.

Fotografía de Joseba Urruty

Después de sesenta años de silencio, Blas Jaime se dio cuenta de lo importante de compartir su lengua y su cosmovisión, y no solo decidió hacerlo buscando un alumno, sino que consideró que era momento de mostrarlo al mundo. Recorrió radios haciendo un llamado para que cualquier persona que pudiese tener conocimientos del chaná se pusiera en contacto con él, pues quizás su lengua aún permanecía reprimida en algún otro cuerpo. Nadie contestó nunca. Se encontró solo, con el peso de toda una cultura milenaria. Su hija agarró con fuerza su legado cultural, y al igual que ella, cientos de alumnos hoy dedican parte de su tiempo a acudir a las clases de lengua chaná que Blas Jaime imparte todos los sábados en el Museo Antonio Serrano. Blas es la última persona que habrá aprendido su lengua desde el método tradicional, con sus abuelos, con su madre, cuando este idioma aún existía interpretando un mundo, descifrando un universo. Igualmente, la esperanza es lo último que se pierde, y Blas confía en que todo su esfuerzo se pueda ver recompensado en un espacio para la lengua chaná dentro de este imperialista mundo. Hoy Blas Jaime es la única persona que habla de forma fluida la lengua chaná, pero gracias a su esfuerzo, puede que no sea el último.

1 Comentario

  1. Carlos Roberto morgado Cruz

    Excelente trabajo. Abrazo de Chile

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