EL VIAJE
Mujeres nasa contra la violencia
Idoia Olaizola

En el norte del Cauca, en Colombia, la violencia ha sido una constante durante muchos años. Allá habita el pueblo nasa, una comunidad que ha luchado ferozmente contra los embistes de los distintos actores del conflicto armado. Sin embargo, sus mujeres, como ocurre en tantos lugares, han sido más vulnerables a la violencia que se ha venido generando. Gracias a Oneira Campo y su equipo de trabajadoras del tejido de mujer de ACIN, muchas mujeres han sido apoyadas, y han conseguido empoderarse y así ganarse un espacio digno dentro de su comunidad.

 

La ley colombiana define la violencia contra las mujeres como: Cualquier acción u omisión, que le cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, económico o patrimonial por su condición de mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, bien sea que se presente en el ámbito público o privado. (Ley 1257/08, art. 2)

 

—Miedo por el conflicto armado, que en la zona norte se da bastante. Las perjudicadas somos nosotras principalmente. Los grupos armados reclutan a los hijos, matan a los maridos, nos violan. Estamos en riesgo por ser mujeres.

Esta es la realidad de buena parte de las mujeres en la zona del norte del Cauca en Colombia, históricamente ocupada por las FARC. Zona coquera y de marihuana, y ruta entre norte y sur del país, es una zona muy deseada por diversos grupos armados y el estado. La guerra lleva ya más de 50 años y las principales afectadas han sido ellas. Matan a sus maridos. Son violadas. Raptan a sus hijos. Las que tienen recursos se desplazan para evitarlo. En la ciudad no tienen mejores condiciones. Entran a puestos en los que son obligadas a doce horas de trabajo en condiciones de esclavitud. Y la firma de paz no ha mejorado las condiciones. La zona que ocupaban las FARC ahora está siendo disputadas por diversos grupos como el ELN, disidentes y nuevas bandas criminales surgidas en los últimos años.

Pero la violencia no solo es ejercida desde fuera. Tanto en la comunidad como en casa las mujeres siguen sufriendo violencia. Tanto agresiones físicas o verbales, como menosprecios surgen en el seno del hogar. De hecho, se estima que cerca del 70% de la violencia ejercida a la mujer proviene de casa, de padres, hermanos o amigos.

La capillaza Liliana enseña a los niños nasa yuwe en Toribío, una de las zonas más afectadas por el conflicto armado en el norte del Cauca
Fotografía de Idoia Olaizola
Mujeres que luchan

—Las mujeres somos poco reconocidas. Las mujeres no teníamos estudios. No hay apoyos para que la mujer estudie a nivel profesional. Cuando a una mujer se le presenta la oportunidad de coger un cargo contestan: “No, yo no soy capaz”. Tampoco nos apoyamos entre mujeres y a veces preferimos a un hombre porque él sí habla bonito —reconoce Oneira Campo, coordinadora del tejido de mujer de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN).

Hace dos años que trabaja como coordinadora del tejido donde se lucha por empoderar a la mujer nasa. En breves, cederá su puesto a otra mujer, en una asamblea en la que son sólo ellas las que deciden quién ocupará el próximo cargo.

Dentro de la cosmovisión nasa, el tejer es una parte fundamental. Tanto niñas como niños deben aprender desde bien chiquitos a tejer complejos sombreros y jigras como símbolo de su aumento de conocimiento de la madre tierra. Por eso, las diferentes áreas de la asociación son nombradas como tejidos que construyen vida. El tejido de mujer se creó en 1993, en un congreso en Corinto, en el que se reunieron los diez pueblos indígenas del Cauca. Pero la lucha ya se venía gestando. El padre Álvaro Urucué, ante el clima de violencia que sufrían las mujeres, ya en 1986 instó a mujeres y niños a organizarse. Es entonces cuando se crearon los primeros grupos de mujeres nasa.
Hoy en día el tejido de mujer cuenta con ocho trabajadores, que se encargan de las diversas líneas de trabajo que se llevan a cabo. Sus funciones abarcan desde capacitar y empoderar a mujeres para poder ocupar puestos de poder, el acompañamiento a mujeres y niños víctimas de la violencia tanto militar como familiar o el fomento de programas de autocuidado para equilibrar la salud de la mujer nasa. También cuentan con un área de producción para que las mujeres puedan ser autosuficientes. Pero la tarea en cualquier caso es acompañar a las mujeres de base en los diversos problemas que se les puedan presentar.

—Nunca tenemos tiempo para nosotras mismas. Vivimos en función de los hijos, de los esposos o del trabajo en el tul. Cuando invitamos a una capacitación siempre contestan: “no tengo tiempo”. Es un problema propio, no sacamos tiempo para nosotras —explica Oneira.

Tampoco cuentan con el apoyo de buena parte de los hombres. Los maridos no dan tiempo a que las mujeres se capaciten, les exigen otras tareas y no pueden acudir a los cursos de formación. Además, las autoridades de los cabildos no aprueban muchas veces el trabajo del tejido:

—Es necesario que las autoridades se apropien del trabajo y ayuden a fomentarlo.

“Las mujeres están denunciando hoy en día porque ya tienen la formación, porque ya están conociendo los derechos que tienen como mujeres indígenas”
En el tema del idioma también sufrieron violencia. Las religiones hicieron que se perdiera la cultura y la lengua. De ahí viene gran parte de la pérdida de la identidad.

—Yo no hablo nasa yuwe, mi papá sí, mi mamá lo entendía pero no lo hablaba. Por eso a mí no me lo enseñaron. Porque cuando mi madre iba a estudiar, las profesoras monjas le prohibían hablarlo. Hay resguardos como Caldono o Jambaló que sí lo hablan. Pero cerca de Popayán y Cali ya lo han perdido. El deber como asociación indígena y como mujer indígena es trabajar por fortalecer las prácticas culturales y en especial la lengua nasa yuwe, nuestro idioma propio.

Hay motivos para la esperanza

Gracias a toda la formación que imparten desde el tejido de mujer, ya se empiezan a ver a mujeres que están ocupando los cargos políticos.

—Hoy en día ves a una mujer con su bastón de autoridad como aquí en la organización que ya hemos tenido mujeres consejeras. Eso nos enorgullece, porque demuestra que no hemos trabajado en vano.

En algunos resguardos dicen que se han incrementado los casos de violencia familiar:

—Y nosotras decimos no, eso es que las mujeres están denunciando hoy en día. ¿Por qué? Porque las mujeres ya tienen la formación, porque ya están conociendo los derechos que tienen como mujeres indígenas. Entonces ya han empezado a hablar, ya han empezado a denunciar —explica con satisfacción Oneira.

Oneira en su despacho de trabajo en ACIN, en Santander de Quilichao
Fotografía de Idoia Olaizola
“Los retos a futuro son muchos”, continúa. “Hay que seguir formando a más mujeres, pero también hay que hacer mucha prevención frente a toda la violencia que se está dando por diferentes actores. Pero como mujeres también somos muy cuidadoras de nuestra madre tierra, y así como tenemos nuestra semillita también tenemos nuestras semillas, las de la alimentación. Porque si tenemos una buena alimentación, nuestros hijos van a estar bien físicamente y espiritualmente. Pero también tenemos ese reto, que con toda esa formación que hemos impartido también recuperemos lo principal, que es nuestro idioma”.

—Estoy muy contenta porque tengo una niña de seis años, estudia en una escuela propia y ella en este momento ya habla palabras. Eso me enorgullece y me da más valor para yo decir a pesar de que estoy adulta: “voy a entrar a una escuela y voy a aprender”.

Para finalizar la entrevista hace una invitación al resto de mujeres:

—No importa qué edad tengamos, debemos empezar a formarnos, a recuperar lo propio de nosotras, lo que nos identifica. Nuestra lengua, nuestras creencias, nuestros ritos. Que tomemos conciencia y que recuperemos lo que hemos perdido como pueblos y mujeres indígenas.

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