EL VIAJE

Kaxlan, el que no es de la comunidad

Ignacio Espinoza

Nombre que recibe la gente foránea que pasa por una comunidad donde pulula la lengua tzotzil. En Acteal, organización autónoma ubicada en los Altos de Chiapas, las mujeres y niños, que no dominan el español, te nombran así antes de saber tu propio nombre. Pero no existe carga peyorativa, a diferencia del peso que lleva el término indígena.

Un murmullo de voces. Risas de niños y miradas. No sabes lo que dicen, no es tu lengua y tampoco hay alguna ramificación con el español para saber lo que dicen. Pero existe una palabra, una llave a ese mundo, ese pensamiento que permite saber que están hablando de ti. Eres la persona diferente y te lo hacen saber. ¡Kaxlan, kaxlan! Dicen los menores al correr, kaxlan, kaxlan, susurran las mujeres mientras cocinan sentadas junto al fuego. Kaxlan en tzotzil significa “el que no es de la comunidad”.

En la comunidad autónoma de Acteal, en los altos de Chiapas (México), el tzotzil manda. Es la lengua que hablan los niños y las mujeres. El español solo logra escabullirse entre los hombres, quienes son los encargados de salir de las comunidades e insertarse en el quehacer cotidiano donde pululan los hispanohablantes y aprenden ese idioma.

Dentro de una comunidad, el intento de comunicación con las mujeres y los pequeños es complejo. No te entienden y las palabras no son suficientes en español. Los gestos corporales ayudan. Apuntar algo con el dedo permite una mayor comprensión. Así llegó “alak'”, una de las primeras palabras aprendidas gracias al método que utilicé de señalar con el índice. Pero antes, otro vocablo se calaba en los oídos, kaxlan. Fue un grupo de mujeres quienes lo dijeron mientras  me observaban en la cocina de la comunidad.  Un término que voló entre la combinación de susurros y miradas.

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Fotografía de Ignacio Espinoza 

¿Puedo usar el fuego para cocinar?”, pregunto mientras señalo con el índice hacia una fogata. Nadie entiende. Pasan los segundos. Llega una mujer y me pregunta si quiero cocinar. Sí. Ella le habla a otras mujeres, nada se entiende. Pero entre la lluvia de palabras hay una gota conocida, kaxlan. Aquella palabra reemplazó el nombre con que fui inscrito en el registro civil. El extranjero, el que está de paso. Así me llamaron. Pero con una diferencia, no había carga peyorativa ni tampoco condescendía. Era su vocabulario, su pensamiento desde la otra vereda. Al frente, indígena, palabra vapuleada por occidente y mestizo como pobre, terrorista, flojo y salvaje.

Dos semanas  pasé en Acteal. Kaxlan fue mi nombre, pero también aprendí otras palabras gracias a un grupo de maestros de estatura baja y con una intención: divertirse. El método del dedo otra vez. Indiqué mi barba y se oyó kisimtik, que en tzotzil significa nuestra barba. Como premio otra ayuda, la entregó un hombre que manejaba el español: “K’usi abi” el equivalente a preguntar por el nombre de alguien. Un trampolín que permitió alcanzar otros significados. Tz’i’, cuando se cruzó un perro y von ch’anul pom al señalar una abeja pintada en una  pared. Pero el español también se coló en palabras que no tenían significado, una de ellas fue cuando los pequeños vieron el dibujo de una persona tapada con un pasamontañas. “Zapatista”, respondieron.

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En las comunidades los menores hablan su lengua nativa, el tzotzil
Fotografía de Ignacio Espinoza

“K’usi abi” fue la mejor arma. La llave para las mejores respuestas, porque aprendí los nombres de los pequeños que me permitieron adentrarme en el idioma tzotzil. Isaías, Víctor Francisco, Zacarías y Marta. Nombres de personas que se quedaron en la bodega del recuerdo, pero que también le llevaron un regalo al kaxlan: volver a  jugar, reír y disfrutar la vida como un niño.

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