EL VIAJE

La avalancha que sepultó una lengua

Idoia Olaizola

 

 

6 de junio de 1994. La vida transcurría tranquila en Toez, municipio de Tierradentro. Pero a media tarde, la tierra tembló. La gente, asustada, salió de sus casas y se topó con un espectáculo terrible. De lo alto del Nevado de Huila, bajaban por el río Paez a gran velocidad una avalancha de lodo y piedras que acabaron enterrando tres poblados: Irlanda, Yusayú y Toez. Mucha gente fue evacuada en helicóptero, pero la cifra de muertos ascendió a más de mil. Sepultados entre tierra y piedras quedaron seres queridos, recuerdos y una parte de su lengua, el nasa yuwe.

Tras la avalancha del 94 en Toez, los supervivientes tuvieron que buscar un nuevo hogar. Toez se encontraba en Tierradentro, territorio ancestral de los nasa. Era “tierra fría”, por lo que era una zona más difícil de cultivar y que, además, contaba con peores accesos a recursos y educación. Por eso, los mayores escogieron establecer su nuevo pueblo más cerca de la ciudad, en tierra caliente. Como todo, la decisión trajo ciertas ventajas y ciertos inconvenientes. Algunos mayores no soportaron las altas temperaturas así que volvieron a sus casas, años después. En los primeros años, el terreno era yermo, pero poco a poco y con paciencia, fueron plantando árboles que trajeron consigo un poco de alivio para el calor. Por otro lado, la ciudad estaba más cerca, y los muchachos tenían mejor acceso a los colegios. Ya no tenían que caminar largas horas para acudir a la escuela, en apenas diez minutos llegaban a clase. Pero la cercanía a la ciudad impuso un nuevo patrón cultural. Las tradiciones empezaron a perderse, y con ellas la lengua. Todos aquellos niños y jóvenes que hablaban el nasa yuwe en tierra fría, dejaron de hablarlo en tierra caliente. Y los niños que nacían, ya ni siquiera lo aprendían. La población se había duplicado en los últimos 25 años, pero el porcentaje de nasayuwe-hablantes había disminuido a niveles alarmantes.

Vista aérea del nevado de Huila

Fotografía de Creative Commons

En un intento por revitalizar la lengua, la profesora Doña Estela empezó a impartir clases de nasa. En un inicio los niños acudían a sus lecciones, pero con el paso del tiempo el número de alumnos se redujo hasta contarlos con los dedos de una mano. En otras zonas del territorio se trabaja en la implementación de los nidos lingüísticos o las semillas de vida, que tratan de dar una formación integral en nasa yuwe, no solamente en lengua materna si no también enseñando a los niños sobre cosmovisión y tradiciones del pueblo andino, pero aún no ha llegado a Toez.

El hándicap de la tradición oral

La lengua nasa yuwe es de tradición eminentemente oral. Se pasaba de padres a hijos alrededor de la tulpa, espacio sagrado que reunía a la familia en torno al fuego. Sin embargo, tanto lengua como cultura no supieron adaptarse a los nuevos tiempos. La llegada de la cocina moderna, el desinterés y la pérdida de comunicación en las familias propició que la herencia de la cultura a través de la palabra comenzara a perderse. Por eso el pueblo nasa se vio en la necesidad de adaptar una nueva tecnología, la escritura. En los años 60 hubo dos intentos por parte de grupos religiosos, el ILV y el IMA, de implantar un alfabeto. Sin embargo, los ensayos fracasaron ya que no tuvieron en cuenta las particularidades de la lengua, eran meras intentonas de facilitar la evangelización. No sería hasta años después, en 2001, que el CRIC, tras un estudio exhaustivo analizando los detalles del nasa yuwe, conseguiría aprobar una escritura unificada. El reto ahora consistía en enseñar a los hablantes a escribir.

“El trabajo siempre debe empezar por uno mismo, no podemos esperar a que la gente de afuera solucione nuestros problemas”

En Toez se están realizando esfuerzos por implementar la escritura. Cada sábado mujeres de distintos territorios se reúnen en la tulpa comunitaria para aprender a escribir su lengua. Doña Estela también impartía clases gratuitas de forma semanal a cualquier vecino de la comunidad, “el problema es que poca gente acudía y las tuvimos que suprimir”, se lamenta. Sin embargo, no tendría inconveniente en retomarlas si los alumnos volvieran a sus aulas.

Cuando los mayores se involucran

Es sábado a primera hora, Jamir, un joven, habitante de Toez que trabaja en ACIN nos acompaña a la reunión que hemos agendado con los mayores del pueblo. Se han juntado para explicarnos las razones por las que creen que se está perdiendo su lengua materna. La primera señalada es la tecnología: “Ahora los jóvenes están todo el día con los celulares o la televisión, ya no atienden a los mayores” explican. “Aquí, en Toez-Caloto a diferencia de Toez-Paez, estamos perdiendo la lengua. Allá en tierra fría, los niños siguen hablando la lengua, pero aquí, estamos demasiado cerca de la ciudad. Hay demasiadas distracciones”, atina a opinar otro. “Es que los niños ya no la quieren estudiar”, declara un tercero. “La iglesia también hizo un daño grande. No nos dejaban acudir si hablábamos nuestra lengua, sufrimos mucha discriminación. Aquí tenemos más miedo de que a nuestros hijos los discriminen de nuevo”, dice una señora finalmente.

Florinda, una de las “mayoras” de Toez, posa en el parque del municipio

Fotografía de Ignacio Espinoza

Otro de los mayores pide una universidad, cree que sería la solución para los problemas del pueblo. Jamir interviene rápido, “¿Cómo vamos a crear una universidad si todavía no hemos conseguido implantar bien la escuela, que es algo mucho más sencillo?”. Algunos de los presentes asienten ante sus palabras, otros muestran su rechazo.

En la esquina izquierda, una mujer menuda, vestida con camiseta rosa escucha con paciencia las intervenciones de sus compañeros. Es su turno de palabra.

—Les agradezco — se refiere a nosotros — que acudan a nuestro pequeño pueblo. Nos alegra, pero a la vez nos entristece que la gente de afuera se interese por nuestra lengua, y nosotros mismos no lo hagamos. El trabajo siempre debe empezar por uno mismo, no podemos esperar a que la gente de afuera solucione nuestros problemas. Pero al menos su presencia nos anima a seguir trabajando.

Jamir aprovecha la intervención para retomar la palabra.

—Si quieren universidad, hagan universidad. Pero no con las estructuras y los edificios que ustedes imaginan. La universidad es compartir conocimientos, dejar muestra de ellos a las siguientes generaciones. Quienes sepan escribir, que empiecen a redactar todo lo que saben sobre plantas medicinales, sobre cómo sembrar el campo. Que escriban sobre cómo se tejen jigras y sombreros. Escriban para que esa sabiduría no se pierda. Los que no, que intenten aprender. Doña Estela estará encantada de retomar sus clases de escritura en nasa yuwe — Doña Estela asiente —. Así crearemos una verdadera universidad en Toez.

Gran parte de los mayores asiente, sus ojos denotan ilusión. Aunque la avalancha sepultara muchas cosas imposibles de recuperar, ellos trabajarán por desenterrar aquello que aún sigue vivo después de tantos años bajo el barro, el nasa yuwe.

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